
Maceo Baston fue una estrella en Europa. No seré yo quien decida la manera de llevar su carrera deportiva, pero resulta cuanto menos sospechosa la forma que ha tenido de desaparecer del epicentro de la foto europea para vivir
per secula seculorum bajo el roll de jugador de fondo de banquillo. A lo mejor le es rentable, ¿quién sabe? Cuando un jugador tiene limitaciones técnicas y físicas que le impiden rendir al 100% de sus posibilidades, dispone de motivos suficientes para ser exculpado del delito de no mostrar al resto del mundo el baloncesto que atesora.
Recuerdo hace unos años, cuando Maccabi dominaba la Euroliga con la pareja interior Baston-Vujcic, y el americano era objeto de deseo del resto de grandes. De hecho, durante su etapa en Badalona, Maceo mostró armas suficientes como para atraer a ojeadores de la NBA y ganarse un primer contrato en los Raptors de Toronto. El proyecto canadiense surgió como surgen muchas de las contrataciones desde aquel lado del Atlántico: casi de casualidad. De acuerdo, se habían fijado en él, y eso era un buen síntoma, pero es notable la habilidad que tienen desde la liga americana en utilizar a buenos jugadores como calentadores de banquillos. Eso es lo que terminó haciendo Maceo en Toronto. No me creo que el ex-Wolverine tuviese en mente una carrera NBA tan poco provechosa como la que tuvo hasta entonces.
Sin embargo, desde Europa todavía se recordaban sus tremendas facultades atléticas y su capacidad de intimidación, por lo que no tardó en encontrar acomodo en Tel-Aviv. Los años en los que el cuarteto formado por Jasikevicius-Vujcic-Baston-Parker tendrán un hueco de gratitud eterna desde la grada macabea.
Dicen que segundas partes no son buenas. Al terminar la campaña 2005-06, Baston recibe jugosas ofertas desde los máximos candidatos de la Euroliga, pero su afán por labrarse un nombre en la liga de David Stern tiran más que dos carretas. Indiana además había apostado por una renovación, con jóvenes talentos y con una dirección de juego asignada a su ex-compañero en Maccabi Saras Jasikevicius. Razón de peso. Juntos podían reeditadar el estilo alegre de años anteriores, sus picks and roll y sus alley-hoops de milimétrica precisión. Todo teoría. Nada de eso salió bien. Saras no jugaba y fue traspasado a Golden State. Maceo era el jugador número 15 del equipo, el tapado, el que no se veía afectado nunca por las decisiones del entrenador porque nunca jugaba. Y si lo hacía, era por deméritos de sus compañeros. Jamás tuvo, ni aspiraba a tener, la relevancia en el juego colectivo que tuvo en sus años en el Maccabi o en Badalona.
Su balance en la NBA: 105 partidos, 2.7 puntos por partido, 7.9 minutos por encuentro. Y sobre todo, la sensación de que sus mejores años se han disipado a la vez que lo hacían sus suspiros en el banquillo.
Ahora Maceo Baston es agente libre, tiene 33 años y muchas menos novias en Europa. Ya es demasiado "veterano" para conformar un proyecto a su alrededor, y sobre todo, tengo serias dudas de que sus virtudes de antaño se hayan conservado hasta la fecha. Y tal vez nunca lo sepamos. Por el bien del baloncesto como garante de espectáculo y diversión en la cancha, me gustaría volver a verle en ACB.